
Ya falta poco, pensaba mientras ponía las últimas botellas en el carrito. Un último modelo, sin stéreo, hecho de madera y con las dos ruedas de una bicicleta, que en algún tiempo formó parte de su niñez. De los lados del carro se abrían paso hacia el frente dos tirantes de madera que le calzaban justo sobre sus hombros. Era tarde, podía observar en su retorno a la villa, como salían de sus trabajos esos hombres grandes, con trajes. Pequeños engranajes del sistema que le robó la niñez, que lo llevó a tirar del carro como un buey, buscando cosas que pudieran tener valor en el terreno de chatarras. Todo sea por un mango, para que coman los hermanitos, y la vieja. Dios se apiade de papá. que se las tomó cuando empezaron a quemar las papas!. Que dios se apiade, porque el no lo haría. El destino le cambió esos sueños nocturnos, con aviones, y juguetes por horas de insomnio pensando dónde estará, y cuando podrá cobrarse la deuda. Doce años, nada más, y salió a la vida.
Con los meses se dió cuenta que no estaba solo, que había otros con la misma "suerte" que él. Encontró compañeros con los cuales podía pasar el rato. Los días de semana los pueden ver a todos reunidos en la plaza, de noche. Convirtiendo la vereda en estacionamiento para sus carros. Y así por un rato, se dedican a jugar al fútbol, u otros deportes. Dependiendo de lo que que tenga alguno de los presentes en la plaza. De a poquito esos recreos fueron cambiando, y con el pasar de los años el fútbol pasó al olvido. El nylon era la nueva forma de escapar. Bolsitas, bolsitas que les acarician la naríz, y le traen sensaciones de calor, de estómagos repletos. Repletos de que?? De nada, sólo es anestesia, pero luego el efecto se va, y vuelve la cruda realidad.
Pasaron dos años, se sumaron más odio, porro y el ansia de terminar todo. El Mencho, un amigo, le traía envuelto en un pañuelo el regalo de cumpleaños. El lo tomó, era pesado, frío. Al apartar el pañuelo estaba ahi, era un 38, lindo pedazo de caño... mal limado, cierto... pero "a caballo regalado....". Lindo juguete, todos sabemos que a los chicos les gusta jugar a la guerra. A partir de ese día, el comenzó a jugar. No había kiosco, ni bolichito que se le resistiera. La cosa comenzaba a mejorar, sus hermanos podían comer al mediodia, y tomar un mate cocido a la noche, además siempre guardaba un resto, para comprarse su "golosina". Le encantaba tragarse ese humo denso, perfumado a hierbas, y sentirse por momentos una persona hermosa, divina. Tener el poder de volar, el calor de mil infiernos, y tanta alegría que podría matarlo. Pero todo eso, se va cuando se consume con la ultima pitada.
Una noche se encontraba cerca de la estación de trenes cuando vió a un posible "cliente", estaba vestido decentemente, sabía que no era gran cosa, pero un veinte podría sacarle. Se acercó por la espalda, apuntó, y le hizo el reclamo. El hombre dió la vuelta lentamente con las manos en alto para darle su dinero. Al verse cara a cara, se dieron cuenta quienes eran. Padre e hijo, juntos nuevamente. Nuestro amigo lo miraba fijo, mientras oía toda clase de disculpas. Ruegos y perdón. El hombre al ver que no iba a cambiar en nada la actitud de su hijo, le dió sus veinte pesos. El lo miró y sonrió. Estaba bien metido en el negocio, justo la cantidad que el habia pensado. Antes de retirarse, pensó en sus hermanitos, en su madre, y en lo que hubiera sido si el los hubiera ayudado. Lo miro y le dijo: "Papá, solamente las ratas abandonan el barco cuando se hunde... y vos un día me dijsite que a las ratas hay que matarlas, para que no sigan propagando sus pestes. Sabes una cosa?, hoy voy a poner en práctica lo que me enseñaste".
Fue lo último que se escuchó antes de la explosión del 38. El gatillo desencadenó el viaje de aquella bala que entró como entran las malas noticias, de golpe y sin aviso. El hombre cayó, cambio a su hijo por un tercer ojo, que ahora sangraba en el pavimento. El pibe prendió el último que le quedaba, lo fumó hasta el final, y se fue a la casa. A dormir con la familia, y mañana será otro día.
DAMIÁN
